Más vale prevenir…

Hoy me pregunto cómo sería la vida de mis alumnos de cinco años si no hubieran pasado tres años en una escuela en la que hacían fichas, temían castigos y tenían toda su jornada matinal dirigida y organizada. Me gustaría saber cómo serían si el mejor momento del día en sus antiguas escuelas de infantil no hubiera sido el recreo, como me decía esta tarde uno de 1° de primaria. Cómo sería su motricidad para escribir si no hubieran sido empujados a coger prematuramente el lápiz, presionados por el ansia adulto de saltarse etapas imprescindibles para la maduración cognitiva, tal como describió Piaget y estudiamos todos los maestros en la universidad.

Efectivamente los niños de 3, 4 o 5 años lo aceptan todo. Aceptan que les enseñen una canción que dice “en el cole no se llora”, aunque eso les suponga durante años una contención emocional innecesaria. Aceptan que les traten como niños pequeños, que les comparen y les pongan en fila, que les premien si obedecen y les castiguen si no se someten al profesor. Aceptan no aprender a pedir porque no hay hueco para sus necesidades cuando su misión en la escuela es hacer todo el tiempo lo que les dicen los adultos. Los adultos no nos cuestionamos estas cosas porque hemos aceptado que es lo normal. “Tan malo no será, cuando todo el mundo les lleva a coles así”. Resulta difícil cuestionarlo, y más sin conocer en profundidad el funcionamiento interior del ser humano.

Me preocupa mucho esto, porque hasta la edad de 5 o 6 años no se empiezan a vislumbrar los graves daños de una educación directiva desde la más tierna infancia. Hasta entonces parece que todo va bien, o al menos medio bien. Se convierten en la escuela, en el “mejor” de los casos, en niños callados, sumisos, sin iniciativa, quizá con buenos resultados académicos, pero completamente apagados. En el peor de los casos son niños rebeldes a los que hay que hacee entrar por el aro. Para esas alturas bastante daño ya está hecho.

Hace un mes le pregunté a uno de los de 4 años en Savia: “¿qué es lo que más te gusta de este cole?”. Él me respondió: “que no tengo que hacer fichas todos los días, y puedo jugar en el arenero todo lo que necesito”.

Este niño a su tierna edad se reune en asamblea durante media hora diaria con niños de distintas edades (algunos le triplican en edad). De hecho ha sido este curso el moderador de la asamblea durante dos semanas. Por eso a día de hoy sabe dar turnos de palabra, participa con voz y voto siguiendo el orden del día que hemos acordado y ha aprendido a pedir silencio a algún compañero que habla fuera de lugar. Acude a talleres de manualidades, practica la escritura en contextos reales y aprende a leer siempre a su ritmo, sin presión, en función de la necesidad y teniendo en cuenta el contexto.

Los niños de estas edades en Savia son autónomos para ir al baño, incluso para cambiarse cuando se hacen pis. Piden ayuda, friegan los baños y barren las aulas y las escaleras, crean historias de forma oral de enorme complejidad mediante juegos de rol, aprenden a comprometerse libremente con sus compañeros, les piden ayuda y saben lo que es una compensación cuando alguien no cumple su compromiso. Comprenden que decir “lo siento” puede no ser suficiente y que “ha sido sin querer” no sirve para evitar las consecuencias cuando han provocado un daño: en esos casos saben que también es necesario hacerse responsables.

Los niños pequeños de Savia han aprendido a quitarse la etiqueta de “pequeños” que usan para compararse, minusvalorarse y en ocasiones como excusa. Y sus padres también.

Pero es mucho más. En Savia no tenemos castigos, sólo normas aprobadas por la asamblea en las que los maestros tenemos sólo un voto más. No existen los gritos ni las amenazas. La norma básica es el respeto al otro y la responsabilidad al respecto de las consecuencias de nuestros actos. Los niños no son etiquetados. Los niños y niñas en Savia no son pequeños, ni débiles, no son grandes, ni buenos ni malos. Ni “movidos” ni calmados. Son personas.

Me pregunto de qué serán capaces estos niños dentro de unos años. Pero por suerte, eso lo veremos. Menos suerte tienen los niños que tengan que cumplir 7 u 8 años para que sus padres se den cuenta de que el sistema actual es “escolar”, pero no “educativo”.

No puedo ser más claro: padre, madre, no esperes a que haya que desandar el camino, a que haya que reparar el daño. No confundas titulación con preparación, ni conocimientos con capacidades. No confundas lectoescritura con comunicación, ni escribir cifras con hacer cálculos. No confundas obediencia con respeto, ni temor con disciplina. No confundas amaestrar con educar. Aunque sea difícil de recordar, en tu interior conoces la diferencia, porque seguro que lo padeciste hace años.

Una persona capaz, con iniciativa, acostumbrada a tomar decisiones y asumir sus consecuencias, a relacionarse con personas muy diferentes en edad y capacidad, feliz y segura de sí misma siempre estará aventajada para afrontar cualquier situación. Lo que define lo que somos no son los conocimientos que acumulamos, sino nuestra actitud hacia nosotros mismos y nuestra seguridad para relacionarnos con el mundo que nos rodea.

Francisco Gómez San Miguel

*Director de la Escuela Activa Savia.

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