¿Es la felicidad el objeto de la educación?

Esta mañana escuché a uno de los alumnos de Savia afirmando en murmullo para sí mismo “¡ay, qué feliz soy!”. La frase salió de su boca de forma incontenible, como una exclamación espontánea. Acto seguido pensé: ¿no es este el verdadero objetivo de la escuela: alcanzar la capacidad de estar felices, a gusto con nosotros mismos en medio de un mundo que pretende que estemos a su servicio?

La felicidad de esta persona, me consta, es respirar tranquilo, en un entorno en el que sabe que necesita hacerse responsable de sus actos, pero donde nadie le etiqueta, donde puede descansar cuando lo necesita, o pasear, o buscar información en internet. Que está en un lugar donde siempre hay tiempo suficiente para resolver conflictos, disculparse, pedir favores, proponer ideas que son bien recibidas, iniciar sus proyectos (aunque no siempre los concluya) y equivocarse sin que nadie le juzgue. Un lugar donde dedicar los lunes treinta minutos a saludarnos al principio de la mañana, a reírnos juntos a carcajada limpia, a intercambiar las experiencias del in de semana. Un espacio donde disfrutar del sol, donde aprender en el jardín bajo el cielo (no siempre entre cuatro paredes), con tal que alguien lo proponga y sea posible para la actividad que van a realizar. Un espacio donde no necesitan contener sus sentimientos, donde pueden aprender con la misma alegría con personas de su edad o con personas de 5 años más o menos, donde aprenden a comunicarse, donde comprenden el uso real y el verdadero significado de las palabras. Un espacio sin presiones, un espacio donde descubrir el mundo para sí mismos, no para los demás.

No es concebible que una persona feliz, educada en un espacio donde prima el respeto y la responsabilidad, interrumpa el desarrollo de sus talentos. No es concebible que sea intolerante o coarte la libertad de los demás o la propia, discriminándolos por sus capacidades o sexo, ni que tenga hábitos insanos respecto a su cuerpo, que se sienta insegura, que procure o acepte malos tratos, se vuelva racista, que rechace a los demás por su origen, que desvalorice el trabajo de los demás, que no muestre cuidado por el medio en el que vive, que tenga desinterés por participar en la vida pública o que se aproveche de sus padres o de sus hijos. Y justamente estos son los primeros fines del sistema educativo.

Sin duda estos niños son afortunados. Tienen el apoyo de sus padres que confían en ellos, que confían que el bienestar que sienten al acudir a la escuela en el día a día es el mejor sustrato para el éxito vital, para una vida plena. Tienen el apoyo y la comprensión de maestros que confiamos en ellos, en su proceso de evolución personal (que, de forma general, es extraordinaria). Tienen el apoyo de sus compañeros que, viniendo de contextos escolares de presión continua, saben que aquí las etiquetas no sirven, aceptan que todos están en aprendizaje y son diferentes aunque tienen los mismos derechos, que aquí no tienen cabida las presiones por aprender lo que otros han establecido para ellos, que lo que saquen de bueno en su estancia en el cole depende de ellos.

Y se dan cuenta. Otro niño me dijo hoy: “quiero aprender cosas sobre los átomos, el universo y de qué están ellas las cosas… el Big Bang y eso. Me he aburrido de no hacer nada”. Esa es la verdadera motivación: aprender para mí mismo. La obsesión de los adultos por no “perder el tiempo” nos ha hecho olvidar para qué hacemos las cosas. Sólo en la quietud se encuentra sentido a la acción. Sólo desde la autoconsciencia, lo que hago me lleva a donde quiero ir, en lugar de caminar hacia ningún sitio. Como me decía una madre hace una semana “a los 35 años me di cuenta de que llevaba veinte años estudiando y diez trabajando, y no tenía ni idea de para qué, ni de quién era yo”.

Sé que la mayoría de los adultos opinan que la principal misión de la escuela es dotar a la persona de conocimientos para encontrar un trabajo en el futuro. La ley de educación española no está de acuerdo con ellos, particularmente en lo relativo a la educación infantil y primaria, aunque creo que eso poco les importa. Tampoco las leyes hablan de que haya que hacer deberes, exámenes, poner notas numéricas o tener libros de texto… y nadie lo cuestiona. Al contrario, a esa misma mayoría les parece imprescindible.

Nosotros trabajamos por una educación para la Vida: que la persona sea capaz de digerir y dirigir su vida de forma satisfactoria, feliz, gozosa y hacer todo lo que sea necesario para lograrlo; que sea capaz de generar el bienestar necesario para disfrutar de cada momento. Porque el trabajo es algo que tiene sentido para un ser humano que sabe gozar de cada instante, que sabe reiniciar su vida cada día como si fuera el primero (como decían hoy unos niños), que es capaz de expresar sus diferencias y encontrar aquello que le mueve y le ilusiona, cuyo objetivo primero es vivir una vida que le merezca la pena. El trabajo ha de estar al servicio de nuestro bienestar, no nuestro bienestar al servicio del trabajo. Algunos afirman que esto es una utopía. La utopía (etimológicamente “lo que está en ningún lugar”) ya existe al menos en un lugar, y cada vez empieza a estar en más sitios. Para llegar a este punto, los alumnos de Savia han de pasar meses y superar el enorme choque que supone para muchos niños esta forma diferente de educación. Pero pasados unos meses conozco pocos niños que cambien tanto en tan poco tiempo.

Cuando una persona desarrolla la responsabilidad de proveerse de aquello que le hace alcanzar sus objetivos, es capaz de memorizar datos para lograrlo si hace falta, es capaz de pedir la ayuda que necesita, es capaz de leer la información que necesita, es capaz de comprometerse con sus sueños y de esforzarse por un objetivo propio. Es capaz de llegar donde quiera. Para ello no es necesario que los demás le arruinen la vida, sólo hace falta que no se la resuelvan.

Cuando algunos adultos me dicen “si a un niño le dejas hacer lo que quiera, se hace un vago” yo siempre respondo “¿lo has probado?”. Ellos dicen que por supuesto que no, pero lo afirman como una verdad incuestionable. Yo, como me siento un científico, he decidido investigarlo. Y los resultados están siendo concluyentes.

Francisco Gómez San Miguel

*Director de la Escuela Activa Savia.

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