¿Cómo hacer que los niños aprendan a esforzarse?

Espero que hayas pinchado en el enlace con mente abierta y ganas de escuchar algunas cosas diferentes de las que piensas. Con cariño las comparto para aportar un poco de luz en este tema tan sombrío y que preocupa a tantas personas.

Para lograr un cambio que los niños vivan una cultura del esfuerzo, necesitamos aceptar una de las cosas más desagradables de la vida: las proyecciones.

Una proyección psicológica es un mecanismo por el cuál vemos en los demás aquello que en realidad no nos gusta de nosotros mismos (pero en nosotros no lo vemos). Aceptar esto nunca puede ser agradable ni fácil.

Sin embargo, la sabiduría popular es prolija al referirse a ello. En las últimas semanas estuve haciendo una recopilación de refranes asociados a los distintos mecanismos neuróticos y, con mucha diferencia, la proyección era el mecanismo al que se refería un mayor número de dichos populares. Mencionaré los más conocidos:

  • Se cree el ladrón que todos son de su condición.
  • Ves la paja en el ojo ajeno pero no ves la viga en el tuyo.
  • Habló de putas la tacones.
  • Consejos vendo y para mí no tengo.
  • Dijo la sartén al cazo: “quítate de ahí, que me tiznas”.

Si tuviésemos en cuenta dicha sabiduría encontraríamos soluciones a los problemas que están en nuestra mano resolver, es decir, los propios, en lugar de tratar de “mejorar” el mundo cambiando a los demás a nuestra conveniencia. Hoy propongo aplicarlo a esta generalizada preocupación de los adultos sobre la “cultura del esfuerzo” de los niños y jóvenes.

En los últimos años he tenido numerosas entrevistas con padres de alumnos. A muchos de ellos les preocupaba “que mi hijo no termina las cosas que empieza”, “que no se esfuerza por nada”, “que le da igual como haga las cosas”, “que enseguida se cansa y lo abandona”, “que no entiende que para conseguir algo hay que esforzarse”. Obviamente me reclamaban mayor presión educativa como maestro hacia sus hijos, para tratar de inculcarles dicho esfuerzo.

Sin embargo la cosa cambiaba cuando hablábamos de la forma de educarles en casa. Muchas de ellas son así:

Yo: ¿tenéis reparto de tareas en el hogar?
Padres: no, es que creemos que es muy pequeño aún. Además les educamos esperando que salga de él.
Yo: ¿y mientras quién se encarga de hacer todo lo demás que ellos no hacen?
Padres: nosotros.

Yo: ¿qué pasa si no hace su cama o recoge sus cosas?
Padre: que le dejamos sin chuches una semana
Madre: pero luego viene la abuela y como le da pena, se los compra
Yo: ¿entonces vosotros que hacéis?
Padre: nada, ¡no nos vamos a enfrentar con ella!

Yo: ¿le dais todo lo que os pide?
Padres: Sí, teniendo suficiente, por supuesto, para eso tenemos el dinero.

Yo: ¿qué hacéis cuando vais a comprar y se encapricha con algo que vosotros sabéis que no necesita?
Padres: si no es muy caro, no nos importa comprárselo, pero sólo una cosa cada día
Yo: ¿sólo?

Yo: ¿qué hacéis cuando os pide que le llevéis a algún sitio?
Padres: nos organizamos, cambiamos nuestros planes, y aunque nos cueste al final siempre lo hacemos.
Yo: entonces ¿quién hace el esfuerzo para que vuestro hijo tenga lo que él pide?
Padres: nosotros, nos gusta verle contento.

Yo: ¿cómo celebráis los cumpleaños?
Padres: los niños invitan a un montón de amigos.
Yo: ¿y quién hace el esfuerzo de pagarlo y prepararlo todo?
Padres: nosotros, y además luego la casa se llena de juguetes que no valoran para nada.
Yo: ¿entonces, para qué lo permitís?
Padres: hombre, ¡no vamos a decirles que no le traigan tantos regalos!

Yo: ve mucho la tele
Padres: cuando queremos descansar
Yo: ¿y tiene móvil?
Padres: sí, hoy en día lo tienen todos los chicos, ¿cómo no se lo vamos a comprar? ¿cómo quedaría con ellos?
Yo: igual llamando desde casa y hablando directamente en lugar de a través del WhatsApp
Padres: ya pero hoy es la forma que tienen de comunicarse, no se le puede decir que no, cuando todos lo tienen.

Lógicamente, todos los padres de estos ejemplos son padres “esforzados”, algunos de los cuáles creen que les están dando ejemplo de esfuerzo y piensan que de esa manera los niños van a aprender, imitándolos, sin comprender que están impidiendo a sus hijos desarrollar esa capacidad de esfuerzo si son los padres los que ya están haciendo ese esfuerzo que en realidad le correspondería hacer a sus hijos.

Sin embargo hay otro esfuerzo, mucho más complicado de hacer, al que muchos padres no están dispuestos: el esfuerzo de poner sus límites. El esfuerzo de decir no, el esfuerzo de no ser un padre guay o majo, el esfuerzo de que igual sus hijos se puedan enfadar con ellos o que les “dejen de querer” por no cumplir sus deseos, el esfuerzo de exigir respeto a los familiares de forma contundente (abuelos, tíos…) para que respeten la forma de educar de los padres, el esfuerzo de no ser el gran padre/madre sacrificado que adapta toda su vida para ajustarla a la voluntad del “príncipe” o la “princesa” de la casa (que luego se convertirán en tiranos), el esfuerzo de que me da igual lo que piensen aunque el niño monte un numerito en plena calle.

Cuando les digo a los padres si están dispuestos a hacer ese esfuerzo me dicen generalmente…

Uf, si quiero que colabore en las tareas de la casa, tengo que enseñarle, y eso es mucho esfuerzo, no tengo tiempo.
Uf, es muy difícil, a ver cómo le digo a mi madre que no le permito que compre más juguetes y juguetes que no necesita. Si le digo eso, me va a dejar de hablar y se va a enfadar conmigo.
Uf, es que se va a poner muy triste y yo lo paso mal viéndole triste, para mí es mucho esfuerzo aguantar verle triste o enfadado si no tiene lo que pide.
Uf, es que es da mucha guerra cuando le decimos que no, no quiero pasar la vergüenza de que monte un numerito en una tienda y lo vea todo el mundo.
Uf, es que, si le decimos que no, no están dando la tabarra hasta que nos convence… y no veas lo que hay que aguantar.
Uf, es mucho esfuerzo, decirle a mi hijo que sólo puede invitar a 4 o 5 amiguitos, cuando los demás niños invitan a un montón, qué van a decir los demás padres.
Uf, ¿cómo le voy a decir a los demás que no le regalen lo que ellos quieran?
Uf, ¿cómo le voy a dejar sin móvil y ser diferentes a los demás?

En resumidas cuentas: en el fondo, hacemos el esfuerzo pero no es tanto esfuerzo como el esfuerzo que nos supondría dejar de hacerlo. Y por eso quieren que en el colegio, les enseñemos a esforzarse.

Efectivamente, cuesta menos hacer ese esfuerzo que “el otro”. Ante eso, no me queda otra que afirmar que una sociedad que habla continuamente de la importancia del esfuerzo de los niños…  es porque los adultos están enfermos de pereza: la pereza de CAMBIAR la forma de hacer las cosas como las hace todo el mundo, la pereza de SEGUIR LA CORRIENTE.

¿Cómo hacer que los niños aprendan a esforzarse? Dos cosas: la primera, dejar de hacer los adultos tantos esfuerzos que les corresponden a los niños y niñas para cubrir sus propias necesidades (eso es un gran esfuerzo para los adultos en nuestra cultura); la segunda, dejar de consentir que en mi vida haya aquello que no me conviene. De esa forma permitimos que se hagan responsables de sus necesidades, del esfuerzo que requiere cubrirlas. Así se vuelven menos caprichosos y aprenden a valorar lo que cuestan las cosas, además de entrenar su propia capacidad de esfuerzo.

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