Desagradecidos

Hoy nos hemos juntado algunos profesores para echar la vista atrás a las fiestas del colegio, que acaban de pasar. Algunos compañeros han sondeado la opinión de los alumnos de secundaria. El resultado han sido unas cuantas opiniones juiciosas que ayudarán a mejorar en el futuro y una tormenta de comentarios desagradables y desagradecidos.

Esa actitud es una tónica general bien definida por “El Tío la Vara”. Hoy en día abundan los adolescentes sobrados, que se creen merecedores de todo a cambio de nada, con derecho a exigir el tiempo y la energía de los demás. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros alumnos desprecien los esfuerzos extraordinarios que hacen otras personas para que ellos disfruten de momentos especiales? Varias decenas de personas adultas dedicamos varias semanas a pensar y organizar la forma de celebrar una fiesta en común, dedicando de forma voluntaria en muchas casos horas vespertinas y nocturnas para que todo sea posible.

Aquí no pretendo resaltar nuestro esfuerzo, que hacemos con gusto por algo en lo que creemos. Lo que me admira es que los adolescentes usen palabras como “mierda de fiestas”, “basura” o “puta mierda”. Es asombroso que, aunque disfrutan gratuitamente de todo, no lo valoren. ¿No será por la abundancia que disfrutan sin esfuerzo personal? Comida -que se permiten despreciar-, juegos, libros, aparatos tecnológicos, ropa, dinero…

Pero también puedo contar cosas parecidas de niños más pequeños. Niños que destrozan los libros haciendo dibujos inconsistentes, que desaprovechan el apoyo de los adultos y la oportunidad de aprender. Criaturas que se quejan de todo lo que no se ajusta completamente a sus expectativas. Protestas y escasos agradecimientos. Es la abundancia que disfrutan a cambio de nada. Todo lo reciben, pero nada lo han conseguido.

Durante los últimos veinte años se ha generalizado la costumbre de garantizar una condiciones económicas holgadas antes de acceder a la paternidad. De hecho ahora los niños en general viven en familias más acomodadas. Empieza a ser raro el hogar sin varios televisores, ordenador, internet, videojuegos, lavavajillas, ducha diaria y una paga semanal. Sin embargo esto no ha provocado una mejora en la educación de los niños y jóvenes.

Mis padres me enseñaron a agradecer lo que tenía: la comida, el material escolar, los libros, la familia, el pinar al que íbamos los fines de semana de excursión con la nevera portátil… Pero no me lo enseñaron de palabra. Ellos mismos sabían disfrutar de lo que habían recibido, sin avaricia. Por eso, todo lo que teníamos necesitábamos cuidarlo, y si podíamos disfrutar de ello, es porque era abundante.

Pero hoy me retumba a diario la queja pija de los chavales que vienen de fábrica con derecho a recibir todo porque sí. Con soberbia repiten frases como “para eso pagamos” (como si fueran ellos mismos los que pagan), e incluso amenazas si los adultos no hacemos su voluntad. Si los jóvenes son nuestros verdugos, es decir, que nos hacen la vida más difícil, es porque hemos asumido el rol de víctimas. El cambio está en nuestra mano.

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