Desorden alimentario

Niño con bocadillo

Me admira que niños que sufren lo que llamo el “mal de brazos caídos”, es decir, absoluta pasividad en la escuela, son reforzados con abundantes almuerzos a mediodía. Me sorprendo al comprobar que son ellos los que muestran más ansia por ingerir el deseado sandwich, y en nada se corresponde eso con su capacidad de cuidar de sí y de esfuerzo para lograrlo. Es un desafío a las leyes naturales, y es una forma de premiar la nada con algo prescindible (el bocata del recreo no responde a la palabra “necesidad”). Es una malísima lección de vida. Es el primer paso de la generación ni-ni.

Soy un firme partidario de que una correcta forma de alimentar a los niños es el ingrediente imprescindible para que asuman su papel dentro de la comunidad humana donde se encuentran. Sin embargo los niños hoy en día comen como si fueran los líderes de la manada: comen los primeros, eligen qué parte, comen hasta hartarse, varias veces al día, e incluso si no han hecho ningún esfuerzo para lograr su propio alimento, y ahí es donde quiero llegar. ¿De qué forma pueden a aprender lo que es la normalidad de la vida si todo lo que obtienen aparece por arte de magia, hagan o no hagan algún esfuerzo para lograrlo?

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