Despedidas que me recuerdan qué significa ser maestro

Fin-de-Curso

Llegó el final del curso.

Hace unos días se consumaba nuestro fin de curso: entrega de notas, despedida de padres y abrazos y besos de no pocos alumnos. Muchos padres nos confesaban emocionados que sus hijos nunca nos olvidarán, y, con toda seguridad, nosotros tampoco.

Muchas veces parece que la educación se reduce a una serie de actividades, programas, exámenes, notas, horarios e instrucciones de los profesores. Pero cuando llega el fin de curso brotan las emociones, después de haber compartido dos años de nuestra vida.

Brotan las emociones porque trabajamos con personas; porque aunque no sean nuestros hijos tenemos la profunda ilusión de que su paso por nuestras aulas les haya ayudado a tener mayores recursos para la vida; porque nuestro trabajo diario lo hemos hecho, con mayor o menor acierto, con el objetivo de apoyar su maduración y capacitación; y sobre todo porque deseamos que sean felices en su vida, tanto como lo deseamos para la nuestra propia. Se humedecen las comisuras de nuestros ojos porque ellos y ellas nos importan.

Creo que además de nuestra profesionalidad, somos muchos los maestros y maestras que hacemos nuestro trabajo con amor. Que trabajamos para que los que están a nuestro cargo sean mucho más que lo que quieren sus padres, sus profesores o cualquier ministro de educación. Que luchamos para que sean ellos mismos, para que sean personas libres, con criterio propio, capacidad de tomar decisiones y de asumir sus consecuencias. Que soñamos con una educación integral que sea útil no sólo para obtener un título sino para resolver su vida real con competencia y así crear una sociedad en la que todos convivamos con verdadero respeto y colaboración. Que creemos que un niño que no viene feliz al colegio está pidiéndonos un cambio en la forma de enseñar. Que sabemos que les marcará más una experiencia emocionante que mil monótonas y sin corazón.

Quiero agradecer en mi nombre, y en el de mis compañeros, a todas las familias que ponéis vuestra confianza en los maestros, que sois respetuosos con nuestro trabajo, que apoyáis a los niños para que adquieran la confianza en sí mismos y en la vida, necesarias para dar cada día el paso siguiente.

La otra tarde me despidió una alumna con un sincero abrazo que me arrancó tres lágrimas. Me hizo sentir que ella no me considera un “profesional de la enseñanza”, así como yo no la considero mi “cliente”. Me hizo sentir que hemos sido dos personas compartiendo nuestro tiempo para aprender a Vivir con respeto y amor por nosotros mismos y por los demás. En ese abrazo no importaba la calificación que tenía en sus “notas”. En ese abrazo me he sentido maestro.

Gracias y feliz verano.

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