El fracaso escolar no es tan grave

Ojalá no tuviera que escribir este artículo. Eso significaría que un buen amigo mío no estaría preocupado.

La causa de su preocupación es que su hijo, que tiene 17 años y dentro de cuatro meses estará haciendo las Pruebas de Acceso a la Universidad (lo que antes se llamaba “Selectividad”), no tiene ni idea de qué quiere estudiar. El chaval es de los que aprueba, se preocupa ante los exámenes, algunos días le cuesta comer por la inquietud que siente. Pero no tiene ni idea de para qué está estudiando eso… para sacarse quizá alguna carrera… que quizá le guste. Su caso no es tan extremo, de hecho es bastante normal. En junio de 2014, en España el 78% de los alumnos de 2º de Bachillerato no tenía clara su primera opción.

Me parece inmoral hablar de fracaso escolar mencionando a aquellos chicos que suspenden o dejan sus estudios tras terminar la educación secundaria y no mencionar esta masa ingente de personas a punto de cumplir la mayoría de edad que no sabe si dedicarse a trasplantar corazones, a educar niños, a llevar la contabilidad de una empresa o a traducir libros. Sin duda, comparado con esta actitud ante la vida, el fracaso escolar no es tan grave.

Dame un albañil motivado, un taxista apasionado y un pintor amante del color y transformaré el mundo. Dame un maestro desmotivado, un medico sin vocación y un arquitecto que hizo la carrera para dar gusto a su padre… y lo destruiré.

Efectivamente el chico conseguirá el título de Bachillerato dentro de unos meses pero… ¿para qué?

Y ahora qué

Pienso que los líderes del sistema escolar son responsables (o irresponsables, según se mire) en esta catastrofe existencial, que para mí es mucho más preocupante que la académica. Por suerte podrán dedicar un par de años o tres a explorar una carrera y en muchos casos, cambiarse de carrera o incluso abandonar la universidad (uno de cada cinco estudiantes).

¿Por qué los colegios e institutos en lugar de preocuparse por garantizar que los alumnos tengan la nota para entrar en la carrera que quieran, no se dedican a garantizar que descubran cuál es esa carrera o dedicación que les interesa? ¿De qué les va a servir la nota si no tienen ni el deseo ni la motivación? ¿Si supieran lo que quieren estudiar… no tendrían ya la motivación necesaria para aprovechar sus estudios?

¿Por qué los colegios no se dedican a garantizar primero que los alumnos descubran lo que les apasiona, en lugar de garantizar que tengan la nota para estudiar cualquier cosa, aunque no les interese en absoluto?

Sé que muchos docentes, preocupados por este asunto me dirán que tienen que dar el programa. El programa pasa por encima de las personas, generalmente. Es el estudiante al servicio del programa, en lugar del programa al servicio del estudiante. De esa forma, si los educadores siguen priorizando al revés, dentro de unos años nuestros hijos tendrán maestros sin vocación, tendremos personal sanitario que trata a los pacientes como números y arquitectos a los que les importa más el prestigio en lugar de construcciones funcionales.

Todo lo contrario de lo que ocurre ahora.

En fin, mi amigo confía que su hijo… ¡se decida por alguna carrera cuando ya no le quede otro remedio y al menos la pruebe! Yo pienso que el momento para probar no son los 18 años, sino los 3, 4, 5… 12 años. En lugar de estar memorizando la propiedad distributiva de la suma respecto de la multiplicación.

La Escuela Activa Savia
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