Estar preparado para la ESO

-¡Estoy disgustadísima! Esto no puede seguir así: veo que mi hijo ¡¡¡no está preparado para pasar a la ESO!!!

-Bueno, tranquila, señora. Explíqueme algo más de su preocupación.

-Porque es queeee… [siempre los esques, no falla]
…no hacéis suficientes exámenes,
…no les pones deberes,
…no saben estudiar [¡hombre! en esto estamos de acuerdo],
…no están ejercitando la memoria, ¡con lo importante que es!

-Ya, le entiendo. Es normal que…

-¡CALLA! ‘Yaentiendoyaentiendo…’
¡Ni idea tienes de lo indignada que estoy con que a mi hijo le haya tocado un profe como tú!
Porque, claro, como el señorprofesormuymoderno no pone deberes, no hay manera de que haga nada en casa por la tarde.
Y se tira las horas muertas leyendo, inventando cacharros, con sus poesías…
¡Como si eso le fuera a servir para algo!
¿Y qué pasa con el hábito de estudio que han perdido contigo, qué pasa?
¡Con lo bien preparados que venían de la otra profesora, que los tenía supercontroladitos.
Al año que viene, en la ESO, ¡pum! les van a dar un buen palo a todos.
¡Van a ser la vergüenza de la clase!
Y escúchame bien, ¿eh? Porque solo tú vas a ser el culpable del batacazo que se van a pegar todos.

-A ver, señora, que, para mí, su hijo es…

-¡Niavernigaitas! Mira, que no le saco del colegio porque a dónde le voy a llevar a estas alturas, pero, vamos, que si por mí fuera…

¿Exagerada la escena anterior? Si acaso la calificamos así será porque en rarísimas ocasiones una madre -o un padre, no se me enfaden los y las paritarios/as- es tan clara delante del profesor de su hijo respecto a lo que piensa. Esa sinceridad, esa vehemencia, esa visceralidad, se reserva, por ejemplo, para los cumpleaños, donde las madres y algunos padres se desahogan de lo lindo en todo lo relativo a sus frustraciones escolares, y, en los últimos tiempos, también en las redes sociales, donde se puede vociferar con escaso temor de ser replicado.

A ver, que entiendo la preocupación de muchas familias cuando el trabajo que se hace con sus hijos en la escuela no es el convencional, el que ellos vivieron cuando aún eran tiernos retoños. Y como en este país el más tonto hace relojes, el vulgo entiende que las cosas tienen que ser como las vivieron ellos, en aplicación del axioma silogístico español de “si a nosotros no nos fue tan mal, a los niños actuales les tiene que ir bien haciendo lo mismo que hicieron con nosotros”.

Yo, maestro durante las últimas temporadas del curso previo a la Educación Secundaria Obligatoria en un colegio convencional, he vivido de cerca estos temores, manifestados de manera más o menos abierta. Sin embargo, la realidad en la que me baso para hilar el argumento que aquí presento son los niños que pasaron conmigo esos cursos de quinto y sexto de Educación Primaria y que ahora están en la etapa superior. Pues bien, puedo asegurar y aseguro que el éxito o el fracaso de todos ellos NO ha dependido de la cantidad de conocimientos conceptuales con los que finalizaron sexto de primaria.

Tengo varias evidencias para sostener esta afirmación. La primera de ellas es tan fácil de ver como difícil de aceptar para la mayor parte de la gente que forma parte del tinglado educativo actual (no solo docentes, también familias y, por desgracia, algunos alumnos). Lo que digo resulta de una obviedad dolorosa: mis alumos actuales, niños de sexto de primaria de esos que pueden considerarse ‘de buena condición’, no superarían a estas alturas ninguno de los exámenes ‘de estudiar’ que han tenido en estos dos últimos años. Si les pregunto, supongamos, por la clasificación de los invertebrados que dieron en quinto, ¡suspenso!, si lo hago por los países y las capitales de Europa, ¡suspenso!, si acaso me diera por hacer una prueba matemática sobre áreas de polígonos, ¡suspenso! Seamos sinceros, por favor: todas esas cosas que se estudian para un examen, SE OLVIDAN al poco tiempo por algo tan sencillo como la falta de uso. Y nuestro sistema educativo se basa precisamente en ir trabajando sobre contenidos que, una vez vistos, se aparcan para pasar a lo siguiente.

Sé que la mayoría de mis alumnos no olvidarán tan fácilmente todos los procesos de generación de ideas que hemos desarrollado, las habilidades para trabajar de manera colaborativa, la forma de hacer autoevaluación, de conocerse a uno mismo en aspectos tanto escolares como personales, lo vivido en las múltiples sesiones que hemos tenido con padres y amigos que visitan la clase, las salidas didácticas, la manera de expresar necesidades y emociones frente a otras personas, las técnicas para hacer una buena exposición oral,… Vale, lo sé: es muy posible que en la ESO nada de esto les resulte útil, porque desde el primero hasta el último día se dedicarán con ellos a transmitirles contenidos y más contenidos, y a hacer exámenes y más exámenes. Sin embargo, el bagaje personal que llevan -los que lo llevan, todo hay que decirlo- es más que suficiente para enfrentarse a un cambio de estilo de aprendizaje así. Que si “es que no tienen hábito”, “es que no están acostumbrados”, “es que les va a costar mucho el cambio”. ¡Patrañas! Es queee… como tal vez un día acabemos en una silla de ruedas, ¿acaso vamos a inmovilizarnos ya en una de ellas para tener hábito en cuanto a su uso, para estar acostumbrados o para que no nos cueste en su momento esa limitación? ¡Al carajo con estos argumentos! La prioridad del buen maestro es que sus alumnos, mientras están bajo su tutela, alcancen las cotas más altas de autonomía, de razonamiento, de responsabilidad, de sentido crítico, de autoconocimiento… Quien no quiera verlo así está faltando al más mínimo compromiso profesional. Y afirmo categóricamente que para estos fines es mucho más valiosa una escuela libre, como lo es el admirable proyecto de Savia, que una convencional como la que me paga el sueldo.

La segunda evidencia respecto al nulo valor de los contenidos teóricos para afrontar la ESO con garantías de éxito es que aquellos de mis alumnos que tenían y conservan una vez metidos en la ESO su vida extra-académica pasan de curso sin mayores dificultades. Las aficiones, las actividades organizadas en las que participan, los deportes, la formación no curricular que reciben, ocupaciones todas ellas celebradas y realzadas de forma sistemática por mi parte en los grupos que me corresponde tutelar, mantienen y desarrollan un espíritu de compromiso, una mente activa, un espacio donde poder volcar la enorme energía adolescente. ¿A cuáles de mis alumnos les va mal en la ESO? A los que abandonan sus hobbies para estudiar más, a los que se encogen de hombros cuando les pregunto cómo llevan aquella actividad que hacían cuando estaban conmigo, a los que no tienen -ni tenían- un estímulo y un apoyo familiar a sus inclinaciones naturales. Como se ve, el fracaso que observo en educación secundaria no tiene que ver con más o menos conocimientos.

Por último, como tercera evidencia, diré que son mis propios compañeros docentes en la ESO los que en las tituladas -con no poca petulancia- “reuniones de coordinación vertical” afirman una y otra vez lo siguiente: “no necesitamos que los niños de sexto pasen con mucha teoría aprendida, ni que adelantéis materia. ¡Si casi empezamos todo desde cero! Lo que necesitamos es que los chicos sepan leer bien, expresarse bien por escrito, razonar de una manera ordenada y coherente y, sobre todo, que tengan una buena actitud”. Claro, no piden casi nada ¿no? Sobre todo lo de la “actitud”. Ahí tal vez sea en lo único que discrepo con ellos, puesto que entiendo que lo que para ellos es buena actitud (pasarse horas y horas sentados en silencio oyendo historias que no les interesan) no coincide con mi consideración de esa palabra. Pero, en fin, es peccata minuta. Que alguien me diga cómo se va desarrollar un nivel óptimo de lectura, una más que correcta escritura o un razonamiento lógico sistemático estando seis años delante de un libro y un cuaderno cumplimentando miles de actividades sin interés, con interminables horas de memorización muerta que harán caer en el olvido todos los datos vomitados examen tras examen. Sin diálogo, sin colaboración entre iguales, sin dejar lugar a las iniciativas, a las equivocaciones, a la reedición de propuestas fallidas, sin ensayar situaciones de la vida real, sin poder desarrollar las ideas al nivel de cada uno,… ¿cómo van a florecer esas bienintencionadas actitudes que reclama el profesorado de secundaria?

Por lo tanto, me dirijo de nuevo con la señora que me abordaba al comiento del artículo: deje a un lado los temores infundados sobre el tránsito de primaria a la ESO y dedique esa energía con la que alimenta su miedo a estimular y a reforzar todo lo positivo que su hijo/a está recibiendo de su maestro, todas esas cosas que le van a servir para la vida, que es algo mucho más amplio que la escuela, apoye sus iniciativas y aficiones, intercambien opiniones, discutan si es necesario, alimente su autonomía, abrácelo cuando dé muestras de responsabilidad, acompáñelo en el camino hacia la madurez, pero, ¡por amor de Dios! no me pida que le amarre ya en una silla de ruedas educativa, aunque sea simbólica, para que no se lleve un chasco cuando pase a la ESO. Confíe en él y en lo que le digo. Les irá bien a ambos.

José Antonio Herranz Carrión

*Maestro asesor de la Escuela Activa Savia y docente en activo con más de 10 años de experiencia.

graduado-en-eso

La Escuela Activa Savia
es miembro de EUDEC
eudec
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