La amenaza y el aprendizaje

Nuevamente vuelvo a escribir sobre el conductismo. No me deja de sorprender al darme cuenta de que aunque la mayoría de las personas no tienen mucha idea de psicología, la practican de forma ignorante aunque se crean bien conocedores de ésta.

Me refiero hoy al sistema del premio y el castigo, tan defendido por los conductistas. Así dicho suena horrible, “los conductistas son unos castigadores”. En realidad lo único que hacen es aplicar una consecuencia negativa a un acto de otra persona. Por ejemplo, si un niño pega a otro tiene que copiar 100 veces la frase “no pegaré nunca más”. Y si “se porta bien”, le llevaré al parque de atracciones. Claro, lo genial del conductismo es que funciona. ¿Qué significa que funciona? Que gracias al conductismo podemos conseguir casi cualquier cosa de los demás.

Y antes de nada voy a explicar una premisa: un cerebro con temor no puede aprender. Tal como descubrió Paul McLean. Cuando una persona tiene temor, dejan de funcionar sus capacidades superiores, y empiezan las funciones cerebrales inferiores: en el caso del cerebro me estoy refiriendo al cerebro límbico. Cuando hay temor, el neocórtex (que es el que desarrolla las capacidades cognitivas) no trabaja. Como dice el blog Health managing Consulting*: “¿quién no se ha bloqueado ante una situación de miedo, angustia o estrés?”.

Sin embargo se sigue utilizando en las escuelas el premio y el castigo como medida educativa, cuando sólo puede funcionar como medida cohercitiva.

Sin embargo, los adultos hemos inventado la amenaza. Con la amenaza anticipamos un daño sin invertir energía: “si te levantas de la silla sin terminar de comer, no saldrás al parque”. Esta forma de obrar genera un cambio en la situación de la persona. Ya no tiene MIEDO a algo que pasa en el momento, sino que tiene TEMOR a algo que le puede pasar. Y el TEMOR es un mecanismo de control más duradero, porque se prolonga todo el tiempo que dura la amenaza. Reside en el cerebro límbico, que es donde está la memoria emocional.

Lo explico: si mi padre me va a dar una bofetada para que coma una cucharada de puré, en cuanto yo vea su mano levantada sentiré miedo y comeré, o no quizá no comeré y me llevaré la bofetada. El miedo se ha resuelto. Ahora puede que sienta rabia por la obligación de comer o por la bofetada que recibí. Ahora puedo darme cuenta (=reflexionar) de algo. Pondré como ejemplo algunos pensamientos parecidos a cosas que yo he pensado en varios momentos de mi vida en otras situaciones…

  1. Mi padre no me quiere.
  2. Mi padre me pega cuando no como. Voy a tratar de comer.
  3. ¡Qué bruto! ¡Se ha pasado!
  4. ¡No te quiero!
  5. Qué injusto es, la comida estaba asquerosa.
  6. ¡Otra vez me ha vuelto a pasar lo mismo!
  7. Etc.

Sin embargo, si mi padre me amenaza diciendo “si no comes toda la comida, no juegas”, lo que me pasa es que siento temor, de una consecuencia negativa y, puedo comer a la fuerza o no comer, pero me voy a pasar toda la comida enganchado al temor de no salir al parque y a la presión de mi padre… hasta que logro jugar (que es una necesidad básica para un niño, tanto como comer). No recuerdo haber llegado a pensar nada. Me bloqueo emocionalmente y no puedo resolver la situación hasta que finalmente salgo al parque. ¿Resultado? Estrés. ¿Reflexión? Nada. ¿Consecuencias? La memoria emocional de la carencia del juego y de la represión.

Lo mismo ocurre en las situaciones de amenaza que se generan en el ámbito escolar o en el profesional de los adultos. Si mi jefe me amenaza con que tengo que hacer todo lo que me diga para no despedirme, no consigue que sea más eficiente, sino que el temor que siento bloquea mi capacidad de reflexión para ser eficiente y mejorar en lo que hago. Y la reflexión y capacidad de mejora es importante en cualquier trabajo, pero es imprescindible para un alumno.

Pensadlo antes de amenazar a un aprendiente con la frase “Si… entonces…”. Si pretendes que reflexione, olvidate de esos trucos.

Termino con un cuento.

Blancanieves era pequeña, tenía 6 años, y estaba en el castillo aprendiendo a limpiar pequeños espejos. Se le cayó uno y se rompió. La madrastra le gritó:
-¿Qué es lo que ha pasado?
Con los gritos de la madrastra y lo regañona que solía ser, Blancanieves prefirió quedarse callada, no fuera que le diera la respuesta “equivocada” y la madrastra le golpeara. Llevaba años haciéndolo ya. Frustrada y harta del silencio de la pequeña, la madrastra le amenazó:
-Si vuelves a romper un espejo te encerraré en la carcel para siempre.
¿Qué creéis que pasó? Nunca más volvió a limpiar espejos. Ni a responder una pregunta.

¿Seguís creyendo que es un cuento?

Entonces ¿cómo podemos aplicar una consecuencia sin amenazar? La próxima semana la respuesta.

(*) http://www.healthmanaging.com/blog/los-tres-cerebros-reptiliano-limbico-y-neocortex/

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