La Escuela de la Responsabilidad

2015-10-02 14.23.50

Hoy llego entusiasmado a casa. Ha sido uno de esos días donde compruebo como sólo desde la consciencia se generan cambios reales, en los que de poco sirven los “trucos” de algunas abuelas para educar.

La puesta en marcha de la Escuela Activa Savia han sido unos meses de durísimo trabajo, no lo puedo decir con menos palabras. Sin embargo está mereciendo la pena y mucho. Como todo lo que empieza requiere de muchos ajustes y aprendizajes. Las cosas no son ni tan fáciles como me hubiera gustado ni tan imposibles como mucha gente cómodamente piensa. Todo requiere de consciencia, y gracias a los aprendizajes de los últimos años (nadie pone en marcha un proyecto así de la noche a la mañana), sobre todo al profundo conocimiento del ser humano que me ha aportado la Terapia Gestalt y especialmente mi maestra María Elena Gaitán Shiosaki, estoy haciendo lo necesario para que las personas que forman parte de este nuevo cole de Valladolid aprovechen todo lo que da mi entendimiento de sí.

Por eso en este primer artículo después de la puesta en marcha de Savia, quiero mencionar en primer lugar a los padres y madres de estas criaturas que, lejos de creer en mí, están creyendo en sus propios hijos. A todos nos han educado para desconfiar de ellos, para pensar que si les dejamos elegir, eligen hacer nada; para pensar que no tienen interés en aprender por sí mismos; para pensar que la libertad sólo crea personas irrespetuosas e inmaduras. Pues bien, juntos estamos demostrando que cuando ponemos la libertad junto con una verdadera comprensión de la responsabilidad, todo aquello no sólo no es verdad sino que es justo lo opuesto de lo que ocurre.

Miro para atrás y recuerdo que hace sólo cinco semanas vi entrar en la escuela un puñado de niños y niñas que llegaban dando alaridos, con muecas de sonrisa (en lugar de verdaderas sonrisas), entrenados para reprimir el llanto desde los 5 meses de edad incluso con canciones ad hoc en su guardería, muy incrédulos de poder aprender algo sin que les obliguen, discapaces en hacerse responsables de las cosas que usan, sin costumbre de escucharse mutuamente, incapaces de jugar con niños que no tengan su misma edad, desconocedores del concepto de compromiso, evasores de la verdad, torpes para mostrar su enfado ante los abusos recibidos, algunos muy dañados de su escolarización anterior, a la defensiva ante las actividades ante los demás niños, ignorantes sobre cómo pedir lo que necesitan eficazmente, muy confundidos sobre la diferencia entre lo que piensan y sienten, etc.

Al leer esto quizá alguien pudiera pensar que en la escuela Savia se han juntado una panda de “niños problema”. En absoluto. Son niños absolutamente normales, unos con un historial escolar más doloroso y otros con un historial académico muy exitoso. Lo descrito lo podemos encontrar en la mayoría de las escuelas y familias contemporáneas. Es tan habitual que no lo vemos. Efectivamente, cualquier persona que se asome al ámbito familiar y escolar actual podrá comprobar que la forma de “educar” es a través de sermones, castigos, contención emocional (parece que la mayoría de los educadores están convencidos de que lo óptimo es controlar las emociones), sobreprotección, premios, etiquetas, venenazos (comentarios de desahogo que hacen los adultos cuando no saben cómo relacionarse con un niño que se sale de sus parámetros), humillaciones y, en términos generales, “tienes que” para todo. Obviamente esto no lo escribo para criticar a nadie: una persona no puede saber hacer aquello que no ha aprendido.

Hoy, un puñado de días más tarde, las cosas han cambiado bastante. Falta muchísimo camino por hacer, pero no es ni por asomo lo que era. Los niños están aprendiendo a pedir (¡y algunos enseñándoles a sus padres!), reservan 5 minutos al final de sus actividades para recoger sin que nadie les insista, y ponen sus normas para que todo funcione lo mejor posible. Hemos pasado de una asamblea ruidosa y sin orden a una asamblea autoregulada en la que la mayoría participa y escucha a sus compañeros ¡dirigida por un niño que ellos mismos han elegido!

Algún lector pensará “vale, y eso en casa… ¿cómo lo hacemos? porque eso es lo que hemos vivido nosotros hasta ahora”. Desde mi punto de vista el cambio requiere comprender realmente el significado de la palabra “responsabilidad”. Una palabra muy usada fuera de su significado real. No es algo que se logre de la noche a la mañana. Para mostrarlo hoy voy a compartir tres ejemplos recientes, reales y anónimos.

Primera situación
Un niño de menos de 6 años me enseña su dedo un poco inflamado porque se ha estado comiendo las uñas (otro día hablaremos de lo que hay detrás de comerse las uñas) y me dice lloriqueando:

-Me duele el dedo, ponme una tirita.
-No te voy a poner una tirita pues las tiritas son para las heridas y ahí no hay sangre.
-Sí hay sangre.
-Pregúntale a los demás niños si hay sangre o no.
-Pero mi papá me pone una tirita cuando me duele.
-¿Qué ha pasado con el dedo?
-Que me he mordido la uña.
-Ya ves lo que pasa cuando te muerdes la uña.

Efectivamente sus familiares cuando le duele algo, le dicen “no pasa nada, te pongo una tirita y se te cura”. En realidad esta forma de proceder es un engaño al niño. Así como adultos nos quitamos el cargo de conciencia “para que el niño no sufra”. Sin embargo ¿qué está aprendiendo así? Que no pasa nada aunque se esté dañando la mano. Resultado: el disgusto por no tener tirita y por el dolor duró un rato.

Estuvo un rato tratando de que le pusiera una tirita que en realidad nada hacía para evitar ver su mano dañada. Pero si no la ve dañada, no va a darse cuenta de que es ella misma la que se agrede, y eso es necesario para dejar de morderse las uñas. Responsabilidad es asumir las consecuencias de lo que hago. La alternativa lleva a cosas que hacemos los adultos tales como trabajar un montón de horas y luego tapar las ojeras con una sustancia cosmética que venden para aparentar que todo va bien. O bien estar insatisfecho con tu trabajo y taparlo con fines de semana de fiesta hasta las tantas para no hacer los cambios en el ámbito laboral que necesitas, o taparlo con tus obligaciones familiares.
Después de un rato, que ya se le había pasado el disgusto, se me acercó y me dijo que ya le dolía menos. Para eso es el dolor, para aprender.

Segunda situación
Dice una niña de 8 años a su madre:

-Mamá, me he dejado el libro dentro del cole.

A lo que la madre empieza a caminar hacia dentro del colegio para coger el libro. Entonces yo interrumpo y le digo a la niña:

-¿Quién se dejó el libro?
-Yo
-¿Y quién necesita llevárselo?
-Yo
-Entonces ¿quién necesita ir a por él?
-Pues yo.
-Entonces ¿para qué se lo dices a tu madre?

Lógicamente en esta conversación el problema no está en la niña, a la que le resulta muy cómodo informar (ni siquiera pedir) de un problema y la madre ya se pone manos a la obra a resolverlo. Es que en esta cultura para ser “buena madre” hay que hacer cosas por los niños. Sin embargo la responsabilidad de los niños se tapa resolviéndoles la vida. Cada uno debiera pensar para qué hace eso, con qué objetivo, qué espera conseguir.

Tercera situación
Dice un niño de unos 9 años a su padre:

-Papá, el fin de semana voy a ir a casa de Luis por la tarde a jugar juntos.

El padre le mira un poco asombrado y yo intervengo:

-¿Y qué necesitas de tu padre?
-Nada
-¿Vas a ir tú solo a casa de Luis?
-No, necesito que me lleve.
-¿Y le has preguntado a tu padre si está dispuesto a llevarte?

Una vez más los niños están acostumbrados a que, sin siquiera pedir, los padres hagan todo por ellos. Eso no es responsabilidad. Responsabilidad es que, si necesito algo, lo pido. No vivo como si el resto del mundo estuviera esperando a que yo diga algo para satisfacérmelo. Una vez más la responsabilidad aquí es de los padres, tan preocupados de que sus hijos estén bien que ni siquiera llegan a necesitar pedir las cosas. Y es que al pedir asumo la responsabilidad de lo que necesito y comprendo que otra persona está haciendo algo para mí. Pero en esta cultura para ser “buenos padres” supuestamente hay que desvivirse por los hijos. Sin comprender cómo les hacemos exigentes e irresponsables. En realidad es una situación tan habitual que casi cualquier padre podría sentirse identificado con ella.

Por un lado los padres dicen que los niños tienen que aprender lo que es la vida, aprender a sufrir (en la escuela), pero luego en su casa les sobreprotegen evitándoles las consecuencias naturales de sus decisiones y necesidades. Esa es la burbuja que crean los padres alrededor de los hijos, no permitiéndoles decidir y equivocarse. No dejando que hagan los esfuerzos de los que son capaces “porque son demasiado pequeños”. (¿Puede un niño de 3 años con una silla para niños de 8? La respuesta es sí, si le permiten que la coja sin hacerlo por él, cuando la necesita, ¡comprobado!).

Es curioso que mucha gente diga que las escuelas “diferentes” son una burbuja donde se sobreprotege. Como veis al menos en Savia no se sobreprotege: cada uno necesita asumir las verdaderas consecuencias de lo que necesita, hace o dice, de lo que no hace o no dice. Y eso en la escuela convencional no suele pasar, porque los niños no tienen que tomar decisiones, no necesitan ni saben pedir. Nunca van a pedir lo que necesitan, porque sus necesidades y decisiones no tienen cabida. La vida real es un lugar donde tomamos decisiones y asumimos las consecuencias (o nos pasamos el resto de nuestra vida quejándonos porque los demás no mueven el mundo a nuestro antojo). Por eso Savia no es una burbuja. De hecho, como me dijo una madre el otro día… es bastante duro. Es un verdadero entrenamiento en Vivir.

Nota mental: ayer una niña me dijo que es curioso porque le han estado explicando los acentos desde hace años sin comprenderlos y en una lección de sólo 30 minutos los ha entendido. Es lo que ocurre cuando soy yo el que busco la información. ¡Imaginaos cuántas horas de tiempo dedicado a “no ser niña” para aprender algo que no había decidido aprender aún!

Un abrazo enorme para todos. Nos vemos por los caminos.

La Escuela Activa Savia
es miembro de EUDEC
eudec
Convenio Educativo conUniversidad Camilo José Cela

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