Ni Prozac, ni Platón, corazón

Corazón

Últimamente estoy encontrándome con personas que saben que tienen problemas personales. O bien se sienten atascadas, o deprimidas, o alteradas sin comprender qué les pasa, o destrozadas por los problemas familiares… De forma natural me intereso por cómo están viviendo con dichas situaciones. Lo más común en todas ellas es que ya saben qué les ocurre. Incluso saben por qué están así. Aún así, asisten a psicólogos donde se desahogan verbalmente durante horas. Aquellos les escuchan en una suerte de confesión sacerdotal, y finalmente les dan varios consejos, ideas o sugerencias para ir quitándose el problema y “asumiéndolo” para poder vivir con ello pero sin que les impida la normalidad de las cosas.

Por todo eso me he acordado del libro “Más Platón y menos PROZAC”. Parece que la solución a nuestras enfermedades es una buena “forma de pensar”, porque la antigua nos ha fallado. Así visto, la solución a nuestras situaciones pasa por una charla edificante con ideas de gente con “sabiduría”. De hecho el propio libro afirma “muchas personas que no tocarían una psicoterapia ni con una pértiga de tres metros encuentran atractiva y aceptable la idea de conversar con
alguien sobre ideas y puntos de vista”. Esta sentencia es una confesión de lo indicado antes. Pero así las cosas, Platón y Prozac tienen el mismo efecto: un parche temporal.

No es cuerdo tratar de sustituir la mentalidad de nuestros padres, que ya no nos sirve, por otra mentalidad que sí nos sirva. Necesitamos un paso más, un cambio de conciencia. Se trata de aprender a vivir dejando comparar la vida con las ideas -que son siempre inexistentes y enajenan-, aprender a vivir sin construirnos castillos que dentro de veinte años serán destruidos y nos dejarán durmiendo al fresco, cuando estemos mayores para acostumbrarnos a ello. Necesitamos aprender a vivir a la intemperie. Al principio parece incómodo o arriesgado, pero es el verdadero camino.

La mente nos puede servir para razonar y para relacionar, en la realidad y en cada momento, esa es su función maravillosa. Pero si su función principal es convertirse en la biblioteca donde guardamos nuestro código personal de vida, en función del cuál, si nuestra vida se ajusta es que vamos bien, y si no, es que erramos… estamos jodidos. Será la propia realidad en presente y lo que siento en cada momento lo que nos dará esa información, la más valiosa. Esta es la única forma de arrancar de nuestra vida la pregunta más maldita que he escuchado nunca “¿estoy haciendo lo correcto?” (¡como si hubiera algo que respondiera a tal cosa!).

No necesitamos nuevas formas de pensar, ni el consejo de grandes ideólogos y gurús. Necesitamos nuestra conciencia, escuchar nuestro cuerpo, sentir nuestros sentimientos cuando tomamos opciones, observar nuestra realidad, y actuar. Ninguna teoría me va a decir si necesito hacer un viaje ahora. Y sin embargo hay gente que hace un viaje porque se lo ha dicho su psicólogo. Ningún libro me va a decir qué necesito para tener una buena relación con mi hijo, pues la necesidad es mía, y mi forma de necesitar es única. Y sin embargo los padres acuden a las revistas especializadas, a los maestros y a los amigos, para que les digan qué tienen que hacer. Así las cosas, los especialistas, tiran de libro y de experiencias ajenas y les dicen que su solución es tal o cuál, les dan recetas. Pero la verdadera solución sólo la sabe cada persona, pues sólo ella sabe lo que necesita para su felicidad.

En nuestra realidad tenemos absolutamente todo lo que necesitamos para aprender y solucionar nuestras situaciones, si estamos dispuestos a cambiar nuestros hábitos y destapar nuestro disfuncional “código de vida”.

Si hubiera un libro sobre cómo garantizar la felicidad, los especialistas lo custodiarían celosamente, para no irse al paro. Pero el libro no existe, y la gente acude a ellos para que les digan qué les falta para ser felices. Y el único MAESTRO (así llamo a los verdaderos “especialistas en la vida”) es el que enseña a cada persona a descubrir sus propias soluciones (la de ahora, la de después, la de más tarde), pues hay tantas respuestas diferentes como personas y como segundos tiene la vida de una persona.

Al margen de todo esto, y me condenarán los teóricos, me parece que es más fácil evadirse en el mundo mediante la teoría filosófica sobre lo eterno, que tomar las riendas de lo que estoy sintiendo justo aquí y ahora. Es más asequible la vivir en la fantasía mental que afrontar sentimientos como la pena, el odio o la soledad real, aceptar esos sentimientos, asumir que lo que es, es. La gente huye de los sentimientos, y los sustituye por razones. Pues van dados.

A propósito… he encontrado un enlace con el libro del que he hablado arriba en PDF. Le podéis leer aquí

Un abrazo.

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