Nuevas tecnologías: los mismos perros con distintos collares

Veinticinco pares de ojos permanecen fijos en sus pantallas. Con la indicación del profesor, las manos se mueven al unísono para cambiar la página del libro de texto digital mostrada por los dispositivos táctiles que tiene ante sí cada niño. Prosigue la lectura en voz alta de la información aparecida en la nueva ventana, que se proyecta al mismo tiempo en versión gigante sobre la pizarra blanca. Si lo estima conveniente, el profesor aporta algún dato a mayores o da su versión de lo leído. Está terminantemente prohibido que ningún niño utilice la tablet por su cuenta. Un brillante programa de gestión del aula instalado en el aparato del docente se encarga de supervisar las posibles transgresiones infantiles en este sentido.

Las empresas correspondientes del sector informático están encantadas con este colegio. Lo han incluído en sus listas preferentes de centros innovadores, de centros 3.0, de centros del siglo XXI, de centros TIC, de centros pioneros en la utilización de herramientas de trabajo colaborativo,…

Pero, sin embargo, cuando veo esas clases de alumnos dócilmente callados delante de sus pantallas no puedo evitar en mi mente el recuerdo de imágenes de las fábricas y talleres de la Revolución Industrial o, sin ir tan lejos, de cualquiera de los centros textiles externalizadas en el Tercer Mundo que confeccionan prendas de vestir para populares franquicias. Filas y filas de empleados, cada uno en su puesto, sin hablar, sin levantarse ni para ir al baño, siguiendo instrucciones precisas de trabajo y sometidos a una constante supervisión por parte del gerente de turno.

mujeres trabajando textil

Vamos a ver, porque hay cosas que no entiendo: se les da a los niños, en forma de tablet con conexión a internet, una ventana abierta al mundo ¿y solo se les permite mirar hacia fuera por un insignificante resquicio? Se llena el dispositivo de fabulosas herramientas de trabajo colaborativo ¿y en clase no pueden hablar entre ellos? Tienen acceso a prácticamente todo el conocimiento de la humanidad con solo un clic de ratón ¿y se les sigue transmitiendo una serie interminable de datos muertos desde un libro de texto digital?

Pues, lo siento pero no, eso ni es ‘innovación’ ni es ‘educativa’. Eso son los mismos perros con distintos collares, los mismos procedimientos caducos pero con una tablet colgada al cuello. Los niños no necesitan compartir documentos online con unos compañeros que tienen a su lado durante cinco horas diarias, ni precisan chats de ayuda escolar para consultar dudas desde casa con personas -niños y profesores- a las que ven en clase. O eso o acabaremos externalizando el sistema educativo (¡vete tú a saber si no es lo que se persigue!) depositando a los niños en centros masivos de acogimiento de estudiantes donde pasen las horas muertas, mientras sus padres trabajan, hacen la compra o se toman cervezas con los amigos, conectados virtualmente con profesores que, desde sus casas (¡para qué va a gastar la administración en colegios!), atienden cada uno a cien o doscientos niños a través de internet; total, para seguir un libro de texto, poner tareas, controlar que se han hecho y examinar de vez en cuando no hace falta mucho más.

Desconfío de las aulas en las que no se ve movimiento desde las ventanas, en las que no se oye ruido, en las que no se habla con un carácter más o menos desenfadado, en las que no hay una variedad de ocupaciones simultáneas, en las que al terminar la jornada no se perciben señales de vida: mobiliario descolocado, recortes de papel por el suelo, materiales sin recoger, trabajos a medio hacer… Cuando falta todo esto la clase se me antoja como una nave industrial donde obreros sumisos, obedientes y atemorizados han agachado la cabeza sobre su puesto de trabajo durante diez o catorce horas bajo la supervisión de un encargado implacable.

Mi idea de educación incluye, entre otras cosas, la libertad y variedad de acción por parte de los niños, su acceso a la mayor cantidad posible de información sobre los temas que sean de su interés y la interacción natural y fluída con los compañeros y con el maestro. Y coincido en semejante planteamiento con lo descubierto y transmitido por los grandes personajes que se han ocupado de la educación infantil desde hace más de 200 años. Permítaseme que no dude del buen hacer y de la honestidad de gente como Pestalozzi, Giner de los Ríos y Manuel B. Cossío, Montesori o Dewey. ¿Tecnología en las aulas? Sí, sin duda. Pero como una herramienta más que facilite el acceso a mayor variedad y calidad de información y que permita más libertad de acción y de elección por parte de los niños. Era el propio Cossío, fundador junto a Giner de los Ríos de la ILE y entregado en cuerpo y alma a ese proyecto educativo, el que aseguraba que para que exista una escuela no hacen falta grandes edificios ni estupendos materiales didácticos; solo un maestro y un niño. Todo lo demás son accesorios. Quédense las empresas informáticas con sus reconocimientos y medallas, que yo ni los quiero ni los necesito. Me valen los niños, con su curiosidad y sus ganas de aprender, y el tiempo indispensable para establecer una verdadera relación educativa entre maestro y discípulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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