¿Por qué pierdo la paciencia?

paciencia

De todos los conceptos educativos y emocionales, el de paciencia es uno de los más absurdos y sorprendentes.
¿Qué significa paciencia? ¿Cómo es esa cualidad de la que se puede tener “mucha” o “poca”?

Yo no tengo tanta paciencia como tú.
Se me está acabando la paciencia.
Para ser profesor hay que tener mucha paciencia

¿Dónde se guarda la paciencia? ¿Como se consigue más? ¿Cómo se gasta?

Efectivamente la paciencia es una palabra que usamos para referirnos a la tolerancia a la frustración. Por eso con los niños, con la pareja o con el jefe “tenemos paciencia”. Cuando decimos esto estamos queriendo decir aguante ante las expectativas frustradas.

Necesitamos “paciencia” para aceptar que los niños hacen las cosas a su manera y no a la nuestra. Que sus necesidades no coinciden con las que a nosotros nos convienen en este momento. Necesitamos “paciencia” para aceptar que nuestra pareja hace lo que hace y no cambia conforme lo que nosotros creemos que “debería cambiar”, o mejor dicho, conforme lo esperábamos. Necesitamos paciencia para aguantar el tratos de las demás personas que “deberían tratarnos” como a nosotros nos parece oportuno.

La paciencia se da siempre en el contexto de una expectativa. El día que descubrí esto me di cuenta de que para educar sin frustrarme ni “gastar” mi paciencia necesito aceptar el proceso de mis descendientes (los niños/alumnos): sus necesidades en cada momento, su forma de hacer las cosas y sus ritmos. Sin expectativas sobre lo que debieran hacer en cada momento no necesito “tener” ni “dejar de tener” paciencia.

Lo mismo lo aplico a mis iguales, entre los que se encuentra mi pareja. Si acepto cómo es mi pareja y no me hago expectativas de que va a cambiar, ocurren dos cosas:

  1. Que vivo en el presente, y si no estoy conforme con lo que estoy viviendo con mi pareja, tomo una acción yo, en lugar de exigirla que cambie (lo que implica falta de respeto y soberbia por mi parte).
  2. Que disfruto lo que comparto a cada momento en todas las cosas en las que coincido con ella, y en las cosas que no comparto estoy relajado, no me enfado, le respeto y por supuesto no “consumo” mi paciencia.

Lo mismo es aplicable hacia las personas a las que otorgo ascendencia sobre mí: ya sean mis padres, jefes, autoridades, gobernantes, maestros… tomo una acción en lugar de estar exigiendo que actúen diferente “como debieran” para ahorrarme mi responsabilidad. Dicha acción puede ir orientada a comunicar mi necesidad, hacer una petición, eliminar el poder que les he otorgado, etc. Pero nunca cargarlo sobre la paciencia, puesto que dicha frustración no dirigida hacia ninguna acción se convierte en un tóxico con el que poco a poco me voy envenenando y envenenando mi entorno, con negatividad, ironías e inacción.

Por todo esto, el sano opuesto a “tener paciencia” es aceptar, respetar y actuar, sin enojo. Es aprender a vivir sin expectativas a futuro sobre nadie que -una vez frustradas- gasten mi “paciencia”. Es saber esperar, es respetar el ritmo y las necesidades de los demás. Y eso no quiere decir que yo deje de atender las mías.

Efectivamente: pierdes la paciencia porque le exiges a los demás que cumplan tus normas de vida y no aceptas que no están en el mundo para satisfacer tus deseos ni expectativas, aunque tú sí estés dedicándote0 a satisfacer las suyas.

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