¿Qué aprende un niño de ocho años cuando mete soberanamente la pata?

Normalmente no aprende nada. Pero no siempre.
Esta mañana todos los niños estaban diciendo medios de transporte marinos, aéreos y terrestres. Cuando ya estaba escrito hasta “zépelin” en la pizarra (imaginaos 25 palabras de ese tipo en tres enormes columnas), un compañero al que llamaré Juan, levantó su mano y dijo: “televisión”.
La carcajada fue tan espontánea como generalizada. El niño sonreía, por no llorar. Obviamente no sabía de que nos reíamos todos.
Le llamé a mi lado con cariño, pues nadie se equivoca así deliberadamente. Y le empecé a explicar lo que había pasado:
-Juan, mira las palabras de la pizarra. Todas esas palabras son nombres… ¿de qué?
-De aparatos para… para viajar
-Y… ¿la televisión?
-No
-Vale… ¿Qué ha pasado?
-Que me he confundido.
-¿Y cómo te sientes?
El silencio se alargó. A los niños con dificultades les cuesta reconocer que se sienten mal. Se sienten aún más inseguros confesando en público su debilidad del momento. Con todo y con eso, después de cinco meses saben que, aunque me mientan, sé leer el cuerpo. Juan terminó confesando:
-Mal. Por haberme equivocado.
-Ponte junto a la ventana de pie y conviértete en otra persona diferente. Dime…¿cómo te llamas ahí?
-Carlos.
-Vale Carlos. Tú que has visto lo que ha pasado… háblale a Juan -que se encontraba teóricamente a mi lado- y dile cómo te sientes.
-Me siento mal, porque “te” has equivocado, Juan.
-¿Tú Carlos también te sientes mal? ¿Igual que Juan?
-Sí.
-Muy bien, vale. Ponte junto a la puerta de clase (aún más lejos). ¿Cómo te llamas ahí?
-José.
-Muy bien José. Fíjate lo que ha pasado: Juan se sentía mal por equivocarse, y “Carlos” también se sentía mal, por el error de Juan. ¿Tú cómo te sientes?
-Bien.
-¿Entonces no te sientes mal?
-No. No me importa que se haya equivocado.
-Y ¿qué les podrías decir como consejo a Carlos que “está” en la ventana y a Juan que “está” aquí a mi lado?
-No pasa nada por que os equivoquéis.
-Repítetelo ahora para ti.
-No pasa nada por que me equivoque.
-Dilo más fuerte.
-¡No pasa nada por que me equivoque!
-Más fuerte.
-¡¡¡No pasa nada porque me equivoque!!!
En ese momento le pido que vuelva primero a la ventana siendo Carlos, y luego a mi lado siendo él mismo, Juan. Le digo sendas veces…
-¿De qué te has dado cuenta Carlos?
-De que no pasa nada por equivocarme.
-¿De qué te has dado cuenta Juan?
-De que no pasa nada por equivocarme.
-¿Y cómo te sientes?
-Muy bien.
-¿Has aprendido algo hoy?
-Sí.
-¿El qué?
-Que no pasa nada si me equivoco.
En ese momento los compañeros se pusieron a aplaudirle y Juan se echó sobre mí para darme un abrazo. Sensacional momento.

Juan es un alumno que aún estaba muy a la defensiva, muy callado en clase y temeroso de preguntar, de participar, etc.

Si no educamos desde el amor y desde el sentimiento real de la persona, no estamos haciendo nada. Estamos tratando a las personas como ordenadores que hay que llenar de datos. Las personas tenemos sentimientos que son fundamentales en nuestra vida como guía para tomar decisiones y aprender. Respetarlos y escucharlos es tocar “otro nivel” del ser humano.

Obviamente para utilizar estas técnicas proyectivas hay que saber cómo, pero cualquier persona puede aprender. Son un maravilloso camino para reestablecernos, y para permitirnos ser quienes somos.

La magia ocurre en la vida cada vez que en lugar de preguntar “¿qué te parece?”, preguntas “¿cómo te sientes?”. Y respetas ese sentimiento. No hay cambio educativo ni estrategia metodológica eficaz para educadores (pares o docentes) si no está presente el sentimiento. No hay aprendizaje posible. Está en nuestra mano ayudar a crecer a las personas a nuestro lado. Un fuerte abrazo.

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