¿¡Por qué los niños no me piden ayuda!?

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A menudo los educadores (insisto a que me refiero tanto a padres como a docentes) nos llevamos las manos a la cabeza. Nuestros educandos parecen incapaces de pedir ayuda. No saben resolver una situación o un problema y lo encaran de cualquier forma antes de preguntar ¡con lo que nos gustaría compartir nuestros conocimientos y experiencia con ellos! Sin duda hay pocas cosas que produzcan más satisfacción a un educador que una buena pregunta. Investigando este asunto la semana pasada escribí en la pizarra de clase el siguiente diálogo inventado:

-¿Para qué no preguntas?
-Para que no me grites ni castigues.
-¿Y por qué dices eso?
-Si te pregunto es porque no sé. Y por lo general, siempre que no sé algo te enfadas conmigo, me criticas y me siento mal con tu forma de hablarme.

Después de escribir esto, que causó bastante expectación en forma de interesado silencio, pregunté:

-¿A quiénes de vosotros les ocurre esto?

Dieciocho niños, de veinticinco que había en clase, levantaron la mano.

-Juan, ¿te pasa conmigo o en tu casa?
-En casa mi madre, cuando no sé algo, me grita, se enfada y mueve así los brazos.
-¿A ti Carla?
-Es mi padre que me critica cuando me equivoco en algo y me dice “es que ni te fijas nada, ¡tienes que prestar más atención! ¡¡te lo he dicho cincuenta mil veces!!” (Carla lo dice con tono irritado, imitando a su padre).

Así, uno tras otro, todos recorren con sus historias personales las peleas diarias a través de sus errores por los mal llamados deberes. Durante la media hora que dura el intercambio en clase, el silencio y la escucha es máxima, porque la mayoría se ven reflejados y están compartiendo su experiencia vital.

Demasiados padres no entienden que sus hijos no hacen las cosas “mal” a propósito, y que su necesidad principal en este momento de la vida no es saber cuántos kilos de lechuga le quedan al frutero en el almacén o cómo se conjuga el pluscuamperfecto del verbo “conseguir”. Demasiados pocos padres están dispuestos a aceptar que eso no significa que sean hijos defectuosos o malos alumnos (quizá sea todo lo contrario).

Lo que pasa es que a los adultos les falla la memoria… imagino que también tuvieron 10 años. Quizá a ellos les llegaron a convencer de que eran defectuosos por necesitar otras cosas diferentes de las obligatorias.

No hay cosa más absurda que reprochar por “no saber” a alguien que está aprendiendo. Comprender esto en profundidad es la única paciencia que requiere un educador. Y os prometo que dicha comprensión da a la persona una paciencia casi infinita. Si no la desarrollas, luego no esperes que te reclame ayuda, o que te haga preguntas.

Te sugiero que tomes un doble compromiso contigo mismo:

Cuando mis hijos/alumnos me pregunten algo, responderé a lo que me preguntan, sin mentir ni usar mi ventaja de adulto para manipular, sin decirles cosas que “así tienen que ser” pero que ni yo mismo me creo.

Cuando hagan algo, de una forma diferente de la mía, jamás les reprocharé cómo lo hicieron. Aceptaré que esa es su manera y les ofreceré mi ayuda por si ellos necesitan mejorar en algo para estar más satisfechos.

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