Se burlan de mi hijo en la escuela

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Esta mañana mis alumnos estaban hablando de las burlas en la escuela. Uno, al que llamaré Luis, estaba bastante molesto porque le habían dibujado en la pizarra el día anterior dando un beso a otra persona.

Es algo muy generalizado el que los niños se ofendan con aquellos comentarios y comportamientos que hagan los demás sobre ellos. No deja de ser una imitación de lo que vivimos en la sociedad: lo que opinen los demás de nosotros define demasiadas veces nuestro bienestar. No son pocas las cosas que hacemos para lograr que los demás tengan tal o cuál opinión. Dar buena imagen es una máxima.

Está generalizado ese temor (no es miedo) a que los demás tengan una mala opinión, y la escuela no es una excepción. Pero ¿cuál es lo sano entonces? ¿lograr que todo el mundo diga cosas agradables de nosotros o ser capaces de que no nos afecte? ¿sufrir con lo que dicen o hacen los demás o no tomarnos personalmente las opiniones de los demás? ¿eso es posible, se puede aprender?

Todo lo aprendemos. Por imitación.

¿Qué hice esta mañana en clase? Les pedí a mis alumnos que trataran de hacer algo para burlarse de mí: llamarme cosas desagradables, dibujarme, hacerme gestos. Ellos estaban bastante estupefactos al principio: “¿que nos burlemos de ti? ¿de un profesor?”. Les dije que sí, que probaran, que yo no les iba a recriminar nada.

Empezaron de forma muy ligera, y se fuero animando poco a poco. Alguno empezó a hablar de mí tratando temas escatológicos (que si me cago o me tiro pedos), una niña se puso a imitarme en todo lo que hacía o decía. Después pasaron a la pizarra dibujándome de todas las formas posibles (escatológicas por lo general), con agujeros: todo lo que os imaginéis y más. Se produjo una catarsis. Las caras de satisfacción eran asombrosas. Sólo estaban dibujando y sus rostros respiraban tranquilos, incluso sus cuerpos se erguían. El jolgorio fue magnífico, y sanador. Al final les pregunté ¿cómo veis que estoy? ¿molesto o tranquilo? ¿y cómo estáis vosotros?

Se dieron cuenta de que yo estaba tan tranquilo, que no me afectaba nada que ellos pudieran hacer. Alguno también confesó que mientras estaba dibujando y se había acordado de una profesora anterior hacia la que sentía odio por cómo le había tratado, y al burlarse de ella mediante el dibujo se había sentido fuerte y feliz. Esa es la naturaleza de los sentimientos que tenemos cuando nos sentimos humillados, y, mis queridos lectores, no hay lugar como la escuela para la humillación de la dignidad de la persona. Un espacio en el que no es posible hacer lo que se necesita, las actividades se imponen, no hay opción a decir no, y muchas veces ni oportunidad para satisfacer las necesidades más básicas. Es una humillación poner a otra persona por debajo de mí, considerarle menos, tratarle con sumisión obligada e impedirle hacer lo que más necesita, que sin duda en estas edades es moverse.

Al final el que había dibujado a Luis no tenía la intención de molestarle, sino simplemente de expresar una idea creativa que se le había ocurrido, y Luis se lo había tomado como un insulto. Lógicamente no se trata de promover las faltas de respeto o las agresiones, en esas soy inflexible, pero no tienen nada que ver con las llamadas “burlas” o el “reírse de”. Por eso es esencial aprender a diferenciarlo. Lo que piensen los demás o digan los demás de mí sólo puede ser verdad o mentira. Si es verdad ¿cuál es el problema? si es mentira, ¿cuál es el problema? Pero sentirme mal por ello es, en todo caso, una pérdida de energía inútil.

Así acabó el Taller de Vida (es llamo a estos momentos dedicados a resolver conflictos), descubriendo que es posible conseguir que nada ni nadie nos pueda dañar si nosotros no queremos, si somos capaces de poner nuestro límite y no dar importancia a lo que piensen los demás. Una feliz locura que seguro es una lección que no olvidarán.

Llegué a casa y al encender la tele estaban echando el debate sobre Gran Hermano VIP, y hablaban de que uno estaba enfadado por lo que le había dicho el otro. La mayoría coincidimos en que esos debates y programas son barriobajerismos sin contenido, pero a la hora de la verdad vivimos en algunos aspectos de esa misma forma: “granhermanizamos” nuestra vida cuando vivimos dando importancia a que nos digan tal o cuál cosa, a que los demás divulguen una mala o buena opinión de nosotros, a que pongan a los demás a nuestro favor o en nuestra contra. “Granhermanizamos” nuestra vida cuando buscamos dar buena imagen a nuestros familiares, padres, hijos, compañeros, amigos, desconocidos… y no hacemos lo que en realidad necesitamos. Todo eso para que ellos no nos rechacen.

No hay forma de que los demás nos dañen si nosotros no le damos tanta importancia a esa opinión como para que nos afecte. Cada uno decide cómo de importante es lo que los demás piensen de él. Y es tan fácil como decidirlo:

A partir de ahora decido que lo que los demás piensen de mí es sólo su opinión.

Lo que de verdad me va a importar es lo que yo pienso de mí: y yo me quiero, me valoro y me respeto.

Hay ciertas cosas que iré cambiando, según las descubra.

A partir de ahora la opinión de los demás no tiene poder para dañarme

 

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